LOS TRES PASOS
Por: Sharon GannonMi primer maestro espiritual verdadero fue un alquimista. Cuando digo “maestro espiritual verdadero” quiero decir que él me dio enseñanzas y prácticas diseñadas para ayudarme a entender los principios espirituales que prevalecen en la existencia. Por “alquimia” entiendo la antigua práctica de transformar algo ordinario en algo extraordinario. Mi maestro era fotógrafo de profesión, y su conocimiento de la química no sólo era práctico, sino metafísico también. Acudí a él en un principio con la intención de aprender más sobre la materia: ¿qué es lo que conforma la forma? Bajo su tutela estudié los fundamentos que constituyen la materia –las doce sales bioquímicas. Estas sales, de forma cristalina, proveen de hecho una rejilla matemática o geométrica que atrae las vibraciones sutiles y las organiza en lo que eventualmente se manifiesta como forma. También aprendí a formar cristales en tubos de ensayo en el laboratorio, al mismo tiempo que preparaba y asistía a mi maestro en la implementación de proyectos clásicos de alquimia a largo plazo, que tenían que ver con las propiedades elementales de los minerales, en específico el oro y el mercurio. Me enseñó el valor de la meditación y cómo observar profundamente las cosas comunes para descubrir su esencia, y esto incluía la investigación de las palabras, así como su significado y raíces etimológicas. El empapaba nuestras lecciones con ciencia práctica, dándonos lo que para él era una promesa para experimentar la conexión con la verdad.
En esta época también pasaba mucho tiempo en la Biblioteca Teosófica, una biblioteca oculta donde por horas leía sobre yoga, santos, religiones orientales y la iluminación. Algunos de estos libros los tengo todavía presentes, todos ellos biografías: La Autobiografía de un Yogui, por Paramahamsa Yogananda, y dos libros de W.Y. Evans-Wentz, Los Grandes Yoguis del Tíbet: la Biografía de Milarepa y Padma Sambhava. Después de leerlos, le comuniqué a mi maestro que sobre todas las cosas yo quería iluminarme, y le pregunté si me podía ayudar en tal empresa. Arqueando sus grandes cejas, pausadamente y con una leve sonrisa, me contestó: “Primero tienes que dominar tres cosas, que son, por cierto, fundamentales en la alquimia. 1. Cocinar –tienes que aprender a ser una buena cocinera; 2. Limpiar –tienes que aprender a mantener el lugar donde vives limpio y organizado; y 3. Jardinería –Tienes que aprender a plantar, alimentar y cuidar de las plantas”.
Esta respuesta sólo generó en mí un sentimiento de incredulidad; de hecho me decepcionó. En ese momento no pude tomar en serio su consejo espiritual, pues simplemente no me parecía “suficientemente espiritual”. ¿Cocinar? Yo era una delgada muchachita que a duras penas comía y que buscaba reducir su ingesta alimenticia al mínimo, para poder vivir de aire: ¿cómo pretendía él que yo aprendiera a cocinar… para qué? ¿Limpiar? Por Dios, ¡eso es para las amas de casa! ¡Yo era una mujer emancipada! ¿Jardinería? Tan pasado de moda en estos tiempos modernos y estilo de vida citadino… eso es para los granjeros y jardineros; yo soy demasiado intelectual y espiritual para emprender este tipo de proyectos. Además, no quería perder mi tiempo con actividades triviales, yo quería comulgar con Dios en ese momento.
Mi maestro enseñaba dando el ejemplo, y frecuentemente se le veía en su cocina cocinando con plena conciencia un gran platillo vegetariano –tallando las zanahorias, rebanando los pepinos y midiendo el arroz como si estuviera en un estado de meditación profunda. Su casa era un lugar inmaculado, sobrio, muy “Zen”, como si cada objeto tuviera un lugar determinado y bien pensado. Su altar era simple y a su vez hermoso. Con frecuencia me recordaba la importancia de evitar que el polvo o demasiadas cosas se acumularan en mi altar, ya que era un espejo de mi propia mente. Al borde de las ventanas encontrabas macetas con vigorosas plantas, y en el verano sembraba tomates, pepinos y hierbas orgánicas.
Pasaron muchos años para poder reconocer la sabiduría de los consejos de mi maestro. Si no dominamos las actividades aparentemente ordinarias de la vida, no puede haber madurez espiritual, y ni qué se diga progreso espiritual verdadero. Uno tiene que encontrar la magia en las cosas ordinarias para que surja lo extraordinario, y una vez que surge la vida diaria es la misma que antes –pero mucho más dulce.
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La yoguini Sharon Gannon creó Jivamukti Yoga junto con David Life. , Sharon ha estudiado desde 1976 con los gurús: Shri Brahmananda Saraswati, Swami Nirmalananda, and Shri K. Pattabhi Jois. Es una activista en pro de los derechos de los animales y del vegetarianismo. Es autora del libro “Cats and Dogs are People Too” y pertenece a la asociación PETA.
** Extraido del Boletín Mensual de Rafael Cervantes - Enero 2011
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